ASPE, HECHOS DE AGUA

Durante siglos, el agua ha sido un rasgo distintivo para la localidad de Aspe, debido a los múltiples manantiales que nacían en el término municipal y que concentrados en el paraje de las Fuentes, propiciaban el nacimiento del río Tarafa. El encauzamiento de sus aguas, permitió desarrollar una huerta irrigada orientada hacia cultivos comerciales, creando unas técnicas y un lenguaje específico sobre el riego.

El tránsito de las acequias por las calles cercanas al Tarafa permitió la instalación de talleres alfareros y fábricas de aguardientes, moldeando una estructura urbana singular de viales atravesados por canales de agua.

La abundancia de manantiales en el municipio despertó el permanente interés de pueblos circunvecinos como Elche, que obtuvo derechos sobre parte de las aguas que nacían en Aspe, generando múltiples conflictos. Asimismo, el agua ha originado numerosos  topónimos hídricos a lo largo del término municipal.

Aspe se ha caracterizado desde tiempo inmemorial por una eficiente gestión del agua. Gracias a ese legado y al esfuerzo de todos sus ciudadanos por garantizar la sostenibilidad de sus recursos hídricos, podemos afirmar que este municipio del Medio Vinalopó afronta un futuro lleno de oportunidades y prosperidad.

“Aspe, hechos de agua” es una aproximación a la historia de este pueblo y a cómo las diferentes generaciones de aspenses aunaron el aprovechamiento del líquido elemento para su desarrollo y el respeto de la naturaleza. Sin embargo, esta exposición también es una muestra de cómo ese cuidado del entorno está presente, de igual manera, en las decisiones y proyectos de hoy que tienen como objetivo consolidar Aspe como una ciudad sostenible y preparada para los retos del milenio.

 

Comisarios: María T. Berná García · Gonzalo Martínez Español | Textos: Global Omnium · Gonzalo Martínez Español | Material gráfico: Paco Egea · Felipe Mejías López · José María Candela Guillén · José María Cremades Caparrós · Francisco Pedro Sala Trigueros · Javier Rico Amorós · Gonzalo Martínez | Participación en audiovisual: Josefina Cremades López · Antonio Miralles Castelló · Claudio Zurita Torres · Pascual V. Botella García · María José Villa Garis · Antonio Puerto García · Manuel Díez Díez · Roberto Iglesias Jiménez · Antonio Rico Amorós     · Francisco J. Benito | Elaboración audiovisual: Juan Torres Sigüenza | Producción: Global Omnium

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HISTORIA DEL AGUA EN ASPE

El agua, elemento indispensable para la vida y el desarrollo de las actividades humanas ha forjado una parte esencial de la memoria histórica de nuestro pueblo.

El municipio manifiesta los rasgos característicos del clima mediterráneo; inviernos suaves, veranos calurosos y un volumen de precipitaciones escaso, que no suele rebasar los 300 l/m2 anuales. No obstante, el agua fue un rasgo distintivo de Aspe durante siglos, debido a los múltiples manantiales que nacían en el término municipal, y que concentrados en el paraje de las Fuentes, propiciaban el nacimiento del río Tarafa.

Los romanos debieron aprovechar las aguas del río Tarafa para irrigar la huerta de Aspe pero hasta el momento carecemos de evidencias. Las prospecciones arqueológicas llevadas a cabo en las márgenes del arroyo acreditan la existencia de  alquerías islámicas anteriores a la conquista cristiana, materializada a mediados del siglo XIII. Asentado el dominio cristiano, la población mudéjar de Aspe que residía en el poblado fortificado del Castillo del Río, junto al río Vinalopó, fue obligada a instalarse en un suave piedemonte que desciende en declive hacia el Tarafa, dando lugar a la creación del actual núcleo urbano de Aspe. Los musulmanes aspenses encauzaron las aguas del arroyo que nacían en las cotas de nivel más elevadas, conformando una red de canales que irrigó una fértil huerta, cuyo origen se remonta a un milenio de antigüedad.

De igual modo, los aportes hídricos del Tarafa permitieron abastecer la red de fuentes públicas que mantuvo la población y propició el desarrollo de actividades industriales en el municipio: talleres alfareros, forja de armas, funcionamiento de molinos harineros y destilerías de aguardiente.

El agua fue un símbolo identitario del paisaje urbano de Aspe. El flujo perenne de las acequias del Fauquí y de la Huerta Mayor atravesando las calles contiguas al río Tarafa, compuso una atractiva perspectiva de vías circundadas por canales de agua y originó una arquitectura singular de viviendas con huertos irrigados. La calle de los Santos Médicos, cercada por el curso de las dos acequias, fue popularmente denominada como calle del Agua. Las viviendas colindantes con las redes de riego incrementaban su valor por la cercanía al agua, los vecinos se abastecían de las acequias al tiempo que las usaban como red de alcantarillado arrojando desperdicios e incluso edificando algún retrete sobre el cauce. Se instalaron lavaderos de uso público sobre el cauce de las acequias y el caudal hídrico de éstas se aplicó para impulsar la maquinaria de dos molinos.

El río Vinalopó circunda el término municipal de Aspe, pero Elche tuvo prerrogativas concedidas que le otorgaban el usufructo exclusivo de las aguas del río para el riego de su huerta. Los aspenses tan solo utilizaron el cauce fluvial del Vinalopó para instalar algunos molinos en la segunda mitad del siglo XIX, y frecuentaron los parajes del río como lugares de esparcimiento, aprovechando los remansos que se formaban en el arroyo para bañarse, pescar y realizar excursiones.

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EL REGADÍO EN ASPE

La comunidad musulmana estructuró el regadío tradicional de Aspe sobre tres acequias troncales de riego, denominadas Fauquí, Aljau, y Durdur (Huerta Mayor), que se fraccionaban en sus respectivos brazales de distribución. La medida de riego utilizada por los mudéjares y moriscos de Aspe fue el assumen, equivalente a 1 hora y ½ de agua. La distribución del agua se efectuaba por ciclos periódicos que se repetían según el número de propietarios que componían el turno de las acequias.

Las aguas del Tarafa se retenían y elevaban mediante rafas o presas edificadas en el lecho del arroyo canalizándolas hacia las redes de distribución del riego. En orden descendente, la rafa del Fauquí fue el azud más antiguo edificado en el río, apostaba en el Hondo de las Fuentes, lugar desde donde partía su homónima acequia. Cauce abajo se erigió la rafa del Durdur ─rafa inferior de la acequia de la Huerta Mayor─ que alimentaba la canalización de la Huerta Mayor. Ambas acequias discurrían por la margen derecha del río Tarafa. Sobre la margen izquierda del torrente transitaba la acequia del Aljau, que brotaba en un manantial situado en la zona de la antigua piscina municipal, cuyo aforo no precisaba presa de contención, puesto que se  introducía directamente en el canal de riego.

La expulsión de los moriscos aspenses en 1609 supuso la llegada de repobladores cristianos, que preservaron las estructuras de riego musulmanas y organizaron nuevas tandas de distribución del agua, adoptando como medida temporal de riego: la hora. En el siglo XVIII se construyó la rafa superior de la Huerta Mayor o Rafica, que transitaba por acequia separada de la del Durdur, transfiriendo el agua hasta el molino de la familia Castillo (Molino de Esmeraldo). A la altura del Puente del Baño ambas canales se agrupaban constituyendo la acequia principal de la Huerta Mayor.

El regadío tradicional permitió irrigar una superficie aproximada de 7500 tahúllas en el siglo XVIII, los regantes se guiaban para el cambio del turno de riego atendiendo a los toques de campana del reloj de la villa. La posesión del agua revestía carácter privado, tras la expatriación morisca, el agua pasó a ser pertenencia de los duques de Maqueda–Arcos, que transmitieron la propiedad a los vasallos de Aspe a cambio del desembolso de un canon anual. El mantenimiento, limpieza y reparación de las acequias y azudes de riego corría a cargo del Ayuntamiento de Aspe que nombraba anualmente sobreacequiero y fiel partidor de aguas.

A propuesta del Ayuntamiento de Aspe, se redactó un anteproyecto para transferir la administración del regadío a los regantes. Revisado por el Consejo de Castilla e introducidas algunas modificaciones, el reglamento de la Junta de Regantes de Aspe fue aprobado el 14 de marzo de 1793 mediante real decreto de Carlos IV. Las ordenanzas preveían la creación de una junta rectora formada por 4 comisarios, 1 eclesiástico y 3 seculares, a éstos últimos le correspondería la responsabilidad de cada una de las acequias (Fauquí, Aljau y Huerta Mayor).

En torno a la tercera década del siglo XIX se edificó la rafa de Percebal con la intención de irrigar la zona baja de la Huerta Mayor, conllevando la creación de una nueva sociedad de regantes, la Acequia Nueva de la Huerta Mayor o Acequiecica, que tuvo administración separada de la Junta de Regantes de Aspe, desencadenando pleitos con Elche.

La ley de aguas de 13 de junio de 1879 y las leyes precedentes sobre aguas y minas permitieron la extracción de aguas subterráneas mediante la excavación de pozos y apertura de galerías trasversales. En el último tercio del siglo XIX, fueron numerosas las prospecciones en el subsuelo de Aspe bajo iniciativa privada, configurándose como  sociedades anónimas que emitían acciones para sus socios. Llegaron a instaurarse varias sociedades mineras: La Trinidad, la Alianza, Humildad y Paciencia, la Concepción, la Unión, el Descuido…, concentradas principalmente en la zona  donde tomaba inicio el Camino Viejo de Hondón y el camino de La Alcaná.

La sociedad Humildad y Paciencia financió la construcción de la Canal de Hierro, un acueducto necesario para rebasar el desnivel que formaba el cauce del río Tarafa. Fue edificado en 1890 por la empresa valenciana Viuda de Guillermo Bartle, que desplazó a sus operarios para ejecutar in situ el montaje. Las sociedades mineras La Concepción y Humildad y Paciencia extendieron el regadío en 1890, ampliándolo desde el inicio del camino de la Alcaná hacia el término de Novelda, en la zona del camino Carril y la Horna Baja. En 1915 se reunificaron las seis principales sociedades de regantes creándose la Comunidad de Propietarios del Agua de Aspe, integrada por las acequias de la Huerta Mayor, Fauquí, y Aljau, y las sociedades mineras de la Alianza, la Unión y la Nueva del Aljau. La Acequiecica continuó como sociedad independiente.

La proliferación de pozos y las extracciones motorizadas de aguas subterráneas en el siglo XX alteraron el volumen de agua que brotaba espontáneamente. A principios de 1955, la escasez de caudales provocados por la sequía hizo que el agua alcanzara precios muy elevados, produciéndose protestas contra la Comunidad de Propietarios del Agua. Únicamente existían 90 litros por segundo para regar 1174 hectárea (11000 tahúllas) Una comisión de labradores visitó al gobernador civil, consiguiendo el compromiso de desplazar a Aspe un equipo de prospección de aguas, que obtuvo infructuosos resultados. Tras nuevas protestas, el 9 de diciembre de 1956 se fundó el Grupo Sindical de Colonización para riegos nº 1432, integrado por 443 socios con el propósito de alumbrar aguas subterráneas.

La administración franquista había creado el Instituto Nacional de Colonización en 1954. Entre los fines primordiales estaba la captación de aguas subálveas, habiéndose obtenido avances técnicos en los equipos de extracción. Debido a la tensión social y a las protestas de los agricultores, Aspe fue el primer lugar de la provincia donde acudió una unidad de sondeo del Instituto Nacional de Colonización en 1957, que obtuvo un resultado positivo en la Ofra. Se instalaron dos pozos que proporcionaban unos 200 litros de agua por segundo, realizándose la inauguración oficial el 3 de diciembre de 1957, con la visita del gobernador civil Evaristo Martin Freire, y el alcalde Julio Almodóvar Botella. Comenzaron a trazarse nuevas redes de acequias para extender el regadío a tierras de secano, rompiendo el monopolio de la Comunidad de Propietarios.

La explotación insostenible del acuífero de la Ofra se evidenció en 1967, registrándose un alarmante descenso en el nivel de los pozos. El Grupo Sindical de Colonización practicó nuevos sondeos en la ladera de la Sierra de Crevillente, obteniendo 15 resultados positivos y un aforo de 850 litros por segundo. En 1972 la superficie regada era de 2411 hectáreas (25.000 tahúllas), y la expansión del regadío proseguía hacia la zona de la Alcaná.

La Comunidad de Propietarios del Agua atravesaba serios problemas en 1976 por el escaso caudal de agua disponible, la solución fue fusionarse  con el Grupo Sindical de Colonización. El nivel freático existente en el año 1972 había descendido 82 metros en 1978, pronosticándose la carencia de recursos hídricos a corto plazo, puesto que la superficie irrigable alcanzaba 3452 hectáreas (35.000 tahúllas), el triple que en 1955.

El alarmante descenso de los niveles en los pozos del Tolomó y la falta de recursos a partir de la década de 1980 ha provocado el abandono de múltiples explotaciones agrícolas y la permanente reivindicación de los agricultores de Aspe para obtener agua de riego. En la actualidad existen dos comunidades de regantes en Aspe. La SAT nº 3819 Virgen de las Nieves, que gestiona la mayoría del riego en el término de Aspe, promoviendo la instalación del riego por goteo en los últimos años. Y la SAT nº 5492 de la Acequiecica, que en el año 2015 contaba con 114 socios, poseyendo tres embalses para almacenar agua, situados en la carretera de Monforte, el camino Meseguera,  y Quincoces-Escorcia en la zona de huerta Mayor. Los caudales proceden del río Tarafa y de la depuradora de Aspe, que permiten irrigar unas 80 hectáreas.

El riego por goteo ha abierto una nueva etapa en la agricultura aspense, pero necesita  resolver el grave problema del suministro de agua.

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USO INDUSTRIAL DEL AGUA EN ASPE

La utilización del agua en actividades industriales tuvo varias aplicaciones en el municipio:

Temple de metales:

En el periodo medieval y moderno Aspe mantuvo herrerías donde se forjaron lanzas y otras armas. Desconocemos las ubicaciones y procesos de manufactura, únicamente los cronistas refieren que el agua de Aspe imprimía gran dureza en el proceso de templado de metales. La causa provenía de la estimable proporción de sales minerales disueltas en el agua, especialmente carbonato cálcico.  En 1535 Gonzalo Fernández de Oviedo comentaba en su obra Batallas y quinquagenas, el pingüe negocio que obró Gutierre de Cárdenas comprando la villa de Aspe: «…donde se hazen aquellos hierros de lanza famosos…». El cronista ilicitano Salvador Perpinya reseñaba en 1705 los linderos de Elche, refiriendo de Aspe: «…a donde se hazían y fabricavan los famosos y nombrados hierros de lanças y otras armas fuertes por el buen temple de sus aguas cristalinas», apreciación que todavía apuntaba Montesinos a comienzos del siglo XIX.

Alfarería:

Las recientes excavaciones arqueológicas practicadas en la zona del Durdur han exhumado dos hornos alfareros de época tardo-mudéjar, indicadores de una intensa producción cerámica bajomedieval en Aspe. Esta labor requería una constante provisión de agua para la preparación del barro, suministrada desde las acequias contiguas. Los talleres alfareros se concentraron en la calle Cantarerías, colindante con el río Tarafa. A mediados del siglo XVII operaban cuatro obradores alfareros en la calle Cantarerías     ─actual calle San Pascual─, actividad que perduraría hasta el siglo XIX.

Industria Molinera:

La construcción de molinos hidráulicos en los cursos fluviales del Vinalopó y Tarafa o en sus acequias, estuvo constreñida durante siglos por las prerrogativas reales concedidas a la villa de Elche tras la reconquista cristiana, y por los derechos privativos que ostentaron los señores territoriales de Aspe hasta el siglo XIX, que impedían la construcción de nuevos artefactos de molienda.

En la etapa medieval y moderna únicamente funcionaron dos molinos en el término de Aspe. El Molino del Río, emplazado en el cauce del Vinalopó frente al Castillo del Río, fue posesión particular durante el siglo XIV. Mudó a la propiedad del  Concejo de Elche en el siglo XV, siendo vendido en 1710 a los duques de Arcos. En las últimas décadas del siglo XIX pasó a manos particulares y finalmente fue comprado en 1954 por la Comunidad de Propietarios de la Acequia Mayor de Elche. El Molino de la Señoría conocido en su última etapa como Molino de Esmeraldo, estaba emplazado en  la actual calle Constitución de Aspe, próximo al puente del Baño, movido por las aguas de la acequia Mayor, fue pertenencia de los Duques de Maqueda, y transferido a la familia Castillo en el último tercio del siglo XVII.

Con el avance del ideario liberal en la primera mitad del siglo XIX y la adopción de medidas abolicionistas de los privilegios señoriales, comenzaron a edificarse algunos molinos en la margen izquierda de los ríos Tarafa y Vinalopó, en los linderos de los términos de Novelda y Monforte con Aspe, desafiando lo privilegios ilicitanos y suscitando pleitos con Elche. En 1830 se habían erigido los  molinos de la Junta de Elche (Meseguera), Antonio Cantó (Quincoces), el Molino del Sastre (Carabinero) y el de Miguel Bellot (Rata).

Los ilicitanos en evitación de pleitos y costes económicos, acordaron firmar una concordia con los aspenses en 1840, autorizando a los vecinos de Aspe a construir los molinos que tuvieran por conveniente en el álveo de los ríos Tarafa y Vinalopó. A partir de la conciliación de 1840 y hasta la década de 1870 se construyeron nuevas instalaciones: el Molino de Martínez, el Molino de Brufal y el Molino de Pavía que se aprovisionaban con aguas del río Vinalopó. La energía hidráulica que proporcionaba el agua permitía la moltura de cereales, fundamentalmente trigo y cebada. El procedimiento era similar en todos los molinos, mediante una presa de contención, el agua se derivaba a una canalización que precipitaba el caudal hídrico sobre un cubo o pozo, accionando la maquinaria que movía las muelas del molino. El Molino de Brufal se reacondicionó en 1896 acoplando una nave industrial dotada de turbina, que mediante un salto de agua produjo energía eléctrica para Aspe, Novelda y Monforte.

El avance industrial volvió obsoletas las instalaciones molineras. En las primeras décadas del siglo XX comenzaron a abandonarse, subsistiendo los últimos molinos hasta finales de la década de 1950, incapaces de competir con las nuevas industrias harineras.

La destilación de aguardientes:

Desde el último tercio del siglo XVII, la cosecha de vino en Aspe creció sin interrupción hasta comienzos del siglo XIX. Una considerable producción de vino se transformó en aguardiente comercializado en el mercado nacional y extranjero. El proceso de elaboración del aguardiente requería agua, los fabricantes instalaron sus alambiques en las inmediaciones de las acequias del Durdur y del Fauquí. En el siglo XVIII localizamos fábricas de colar aguardientes en las calles San Vicente y Cantarerías. En el siglo XIX perduran 4 destilerías en la calle Cantarerías y funcionaban nuevas instalaciones en la calle Las Parras, San Miguel y Barranco de Mira.

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AGUA POTABLE EN ASPE

Desconocemos como se efectuaba el aprovisionamiento  comunitario de agua potable antes del siglo XVIII. En esta centuria y a lo largo del siglo XIX, el acopio de agua se realizaba mediante una canalización constituida por tramos de acequia cubiertos con losas y trechos de arcaduces de barro. La conducción partía desde el Hondo de las Fuentes, transitando por la margen derecha del arroyo, e internándose en el casco urbano por el tramo inferior de la calle Orihuela. Desde este vial alimentaba la Fuente del Calvario, emplazada junto al Barranco de Mira, y continuaba  por la calle San Pedro aprovisionando la Fuente de la Plaza Mayor.

El descuido y la falta de higiene fueron signos característicos de la conducción, las aguas se contaminaron en diversas ocasiones generando enfermedades colectivas. En 1757 se originó una epidemia de fiebres tifoideas que produjo 60 defunciones y más de 1000 enfermos por la ingestión de aguas infectadas procedentes de las fuentes públicas. La canalización sufría roturas constantes y se veía afectada por las intermitentes riadas que se originaban en el Tarafa. La gran avenida de 1793 destruyó parte de la conducción, reponiéndose con canales de madera, mantenidos eventualmente durante años.

La cañería se hallaba muy deteriorada en 1865. Los vecinos instaron una petición al Ayuntamiento, reclamando la construcción de una nueva canalización. Exponían las insalubres condiciones del agua que fluía en las fuentes y el perfil desnivelado que experimentaba el trazado, al tiempo que solicitaban el aumento de fuentes públicas en las vías públicas. Las raíces de las plantas  que circundaban el conducto se habían introducido en la conducción hídrica remansando el curso del agua, restándole transparencia e imprimiéndole un sabor a sabia de higuera. Si el agua acopiada en las fuentes públicas se mantenía varios días en los domicilios, se adulteraba exhalando un olor fétido y creaba un poso turbio. Hubo propuestas para renovar la cañería con tubería metálica pero el elevado coste obligó a emprender un nuevo acueducto de albañilería finalizado en 1872. Se edificó una canalización de 2117 metros de longitud, integrada por sifones, tramos de acequia cubierta, galería abovedada y arcaduces de barro. En el mismo año se ampliaron las fontanas públicas entrando en servicio las fuentes de la calle Virgen de las Nieves y calle de Alicante, frente a la Cruz

El aumento de enfermedades registrado en 1894 fue atribuido a la adulteración de las aguas que fluían en las fuentes. Los facultativos y sanitarios inspeccionaron la canalización  detectando animales muertos en una pileta de depósito, invasión de raíces y filtraciones de aguas sucias en la conducción. Ante el riesgo sanitario, los vecinos acudían al nacimiento de las Fuentes para aprovisionarse de agua. Se hizo indispensable sustituir la canalización, aconsejando el maestro albañil la colocación de tuberías metálicas embetunadas, El Ayuntamiento adquirió 2133 metros de tuberías metálicas en Barcelona que reemplazaron a la obsoleta conducción. En la última década del siglo XIX entraron en funcionamiento la fuente de San Cayetano (1890),  la fuente del Baño (1898), y la fuente de la Plaza San Juan (1899).

El servicio de agua potable a domicilio se materializó en 1928. El Ayuntamiento asumió el proyecto presentado por la empresa Sociedad de Aguas Potables de Aspe, que acometió la instalación de la red domiciliaria concertando con la Corporación una concesión del suministro por un periodo de 30 años. La sociedad mercantil proveería gratuitamente el caudal hídrico necesario para los servicios públicos y efectuaría el abastecimiento privado mediante tarifa. La empresa efectuó obras en el camino Viejo de Hondón para surtirse de aguas del subsuelo, construyendo dos casetas-galerías y un depósito subterráneo. El Ayuntamiento transfirió el usufructo de 8 litros/s que las sociedades de riego habían concedido al  pueblo de Aspe en 1884. En el primer tercio del siglo XX se amplió el servicio de fuentes públicas instalándose nuevos surtidores en las calles Ramón y Cajal, Colón y Vicente Cervera.

Una nueva epidemia de tifus vino a sembrar la desolación en 1946. El origen no se conoce con certeza, pero pudo provenir de la corrosión de las tuberías metálicas de la red, que permitió la  infiltración de aguas fecales procedentes de pozos ciegos, pudiéndose verificar en algunos tramos de las calles Ramón y Cajal y Concepción. El número de enfermos alcanzó las 3000 personas y causó alrededor de 30 defunciones.

El notable crecimiento demográfico e industrial que experimentó el municipio en la década de 1950 acarreó dificultades en el suministro de agua. La Sociedad de Aguas de Aspe se vio incapacitada para mejorar las instalaciones, abordar la sustitución de las tuberías, construir un nuevo depósito y ampliar la red de distribución. En marzo de 1956 adoptó la decisión de rescindir la concesión municipal de motu proprio. La Corporación tomó el acuerdo de asumir la gestión del agua potable en régimen de empresa mixta, construyendo un nuevo depósito regulador.

La insuficiencia de caudales hídricos exhortó al Ayuntamiento  a signar varios contratos de abastecimiento con sociedades de riego y particulares. En los años 1968 y 1970  signó acuerdos con la Comunidad de Propietarios del Agua, a fin de asegurar el agua que fuese necesaria para el surtido de la población. Igualmente suscribió en 1976 un acuerdo con Enrique Vicedo para que suministrase de sus pozos un caudal de 35 a 40 litros/segundo para el consumo municipal. En la década de 1980 el Consistorio compró agua a la SAT San Enrique, procedente de los pozos que poseía en Hondón y Aspe. Finalmente se adhirió a la red de Canales del Taibilla, efectuando en 1987 las obras de acometida necesarias para tomar agua desde el embalse de Crevillente.

En el año 1990 el Ayuntamiento de Aspe transfirió la gerencia y suministro del agua potable a una empresa privada, surgiendo desavenencias que desembocaron en un pleito judicial. En 1991 el Cabildo municipal adjudicó la concesión a la empresa Aguas de Valencia, que actualmente gestiona el suministro de agua en Aspe.

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CANALIZACIONES Y OBRAS DE APROVECHAMIENTO HIDRÁULICO

La villa de Elche careció de recursos hídricos propios, precisando de acopios externos para el riego y el agua potable. Durante la época medieval, los reyes y señores territoriales concedieron privilegios a los ilicitanos, confiriéndoles derechos sobre las aguas del  Vinalopó que manaban entre Villena y Elche, que incluían las fuentes del cauce bajo del río Tarafa. Estas prerrogativas les permitió erigir dos notorias canalizaciones que tomaban el agua en Aspe.

La conducción de aguas dulces del obispo Tormo, edificada entre 1785 y 1789. Transfirió el caudal de las fuentes de Barrenas y Romero, emplazadas en la cuenca del Tarafa hasta la plaza de la Merced en Elche, valiéndose de una cañería de arcaduces de barro vidriado y posteriormente de una acequia de piedra labrada superpuesta. La canalización tuvo una extensión aproximada de 16 km., transitando por parajes de fuertes desniveles, que obligó a la construcción de 15 acueductos, 23 alcantarillas, 14 garitas de registro del agua, 6 pilas descubiertas para el abasto de pastores y transeúntes, 194 respiraderos de piedra y 4 minas. Se mantuvo en funcionamiento más de 160 años, experimentando numerosas reformas  y reparaciones.

El Canal de Desvío de Próspero Lafarga, a consecuencia del carácter salobre de las aguas del Vinalopó. Estas empeoraban en su camino al Pantano de Elche, una vez que rebasaban el estrecho de la sierra del Tabayá, en término de Aspe, a consecuencia del aporte de manantiales salinos y el tránsito entre terrenos conformados por yesos, margas y arcillas. A principios del siglo XX, los regantes ilicitanos encargaron la ejecución de un canal de desvío que depositaría las aguas del Vinalopó en la Acequia Mayor de Elche sin atravesar el vaso del pantano. El ingeniero  director fue Próspero Lafarga que finalizó las obras en 1910. Derivó el agua del río Vinalopó en la presa del Molino de Pavía, elevándola hasta los 6 metros de altura ─emplazada en el estrecho de la sierra del Tabayá─ y  construyó un cequión  abierto con varios tramos de túneles, 4 acueductos, 1 alcantarilla y varias tajeas para habilitar el paso.

El término de Aspe se halla salpicado de construcciones hidráulicas destinadas a captar aguas de escorrentías, barrancos y ríos; aprovechar el flujo de las fuentes y surgencias naturales esparcidas por el municipio; o extraer aguas del subsuelo. Buena parte de estas edificaciones se encuentran en un avanzado estado de deterioro, arruinadas o desaparecidas. Construcciones singulares como el Aljibe de los Moros, el Aljibe de la Casa de las Pulgas; la Noria de Mariano, la Noria de la Casa León; el Pozo Real; la Mínica de la Unión, la Mínica Vieja; la Balsica de don Blas, la Balsa de Uchel,  la Balsa del tío Gabriel, el Lavadero del Hondo de las Fuentes, el Lavadero de la Rafica, el Lavadero del Puente del Baño. Numerosos pozos y balsas en las viviendas rurales como las existentes en la Casa Frasco, Casa de las Delicias, Casa Picote, Casa de San Isidro, Villa Pilar, Motor de Gotera, etc.